Francia lleva encadenando cinco episodios de canícula desde mayo. Estamos a mediados de agosto y quedan dos semanas de vacaciones de verano. El aire sofocante en estos apartamentos luminosos perfectamente adaptados al invierno, que en verano funcionan como estufas y mantienen el calor durante la noche, trae un eco de los veranos en Buenos Aires: húmedos, calurosísimos, con el ventilador removiendo el aire caliente desde los techos.
Aparte de eso, otras cosas me recuerdan a Argentina desde que llegué a este país: su crisis ya crónica (¡pero Argentina siempre tiene una capacidad de innovar en esas cuestiones para seguir siendo un caso único!), su lento pero insistente deseo de destruir el sistema público, cierto anuncio de una política de figuras que va en detrimento de los partidos como institución. Solía bromear diciendo que Francia se estaba argentinizando, pero el comentario ya está desgastado por el uso, y además, es banal. Se trata de comparaciones que pueden realizarse en cualquier país que atraviese el mismo proceso de destrucción de un sistema social que parece perder su interés desde que el comunismo dejó de funcionar como un fantasma que motiva a controlar al menos un poco la desigualdad; y Francia es lo suficientemente compleja y variada como para despertar ecos de tantas otras tierras. Es decir, probablemente muchos migrantes podrían hacer comparaciones semejantes, y evaluar el país al que llegan con los ojos del que dejan.
Todo este prolegómeno para entrar en la materia: una novelita corta de Francisco Álvez Francese (FAF) titulada Las invasiones, publicada en 2023 en una bella edición por Pez en el Hielo. Es su tercer libro, siguiendo la antología de poesía uruguaya que lleva por título Los restos del naufragio y un libro de ensayo titulado La noche americana, ninguno de los cuales he leído. El libro está dividido en tres partes y termina en un epílogo.
La primera y la tercera partes, que se intitulan respectivamente "Snobby Price muere" y "Una playa solitaria", mezclan una narración en tercera persona que adopta el punto de vista de una pareja francesa que espera un hijo, Yanic y "la dulcísima Lena" (todo es muy bello y amable en este libro) con fragmentos del diario del finado amigo de ambos, Snobby Price, que Lena intenta leer sin conseguirlo, y que nosotros leemos en su volverse cada vez más impreciso (pasa de llevar fecha en la primera parte, a perder toda marca temporal y orden gramatical en la tercera). Yanic y Lena, que huyen de las incursiones de un malón o de unas misteriosas invasiones de las que nada atestiguamos si no es la permanencia del miedo que dejan a su paso, están tratando de llegar desde un Saint Malo pampeano hasta una mítica Bahía Blanca que solo conocen por los relatos de Snobby Price; su periplo los lleva del este al oeste, de la civilización de Saint Malo a la frontera que representa Cap Frehel, donde esperan encontrar las repuestas que buscan. El diario de Snobby Price, en cambio, nos cuenta el encuentro, la pérdida y la búsqueda de la amada Susana, por la que deja su Bahía Blanca natal y viaja al este, hacia la vera del arroyo Tropa Vieja donde Susana tenía su casa materna y que sirve de brecha espacio-temporal para el salto a la Francia pampeana, nuevo-viejo mundo en el que va a conocer el temor al indio y morir.
La segunda parte, "La noche del naufragio", es una reflexión en primera persona, un tanto críptica, que combina referencias a los troyanos de internet con el recuerdo de la búsqueda de Dios en la infancia y citas de un monje medieval. Especie de reflexión sensorial sobre la convergencia de memorias y el olvido (los personajes que pasan por la brecha hacia el nuevo-viejo mundo se adaptan rápidamente, pero a costa de perder el vínculo con el viejo-nuevo mundo, y olvidar), probablemente se trata de parte del diario de alguno de los dos viajeros de la historia (el uso de la marca de género es confuso): o los manuscritos incomprensibles que hereda Snobby Price al partir Susana, o el relato que él escribe en el momento en que pasa, como Alicia, al otro lado del espejo, y debe mirarse a sí mismo para entender el cambio, porque hay temas que vuelven entre la primera, la segunda y la tercera parte: la niña de sus sueños, el recuerdo de un perro que reaparece al principiar la tercera parte, la metáfora del desierto...
El epílogo, en cambio, retoma la tercera persona, pero esta vez claramente desde la perspectiva de la otra figura que pasó al otro lado antes de Snobby Price, y que explica la futilidad de su viaje (por eso, nos dice la contratapa, "Las invasiones es una historia de amor imposible": se requiere de dos personas para bailar ese tango) y el principio del fin del camino de Yanic y Lena.
El eje que atraviesa y articula las cuatro partes es el de la memoria y el olvido. Si la contratapa lo anuncia correctamente, y otras reseñas lo señalan también, me interesa explorarlo desde la idea de la invasión y la naturaleza de esto que me he dado por llamar "nuevo-viejo mundo", más concretamente, en relación con un contexto de migración.
El "nuevo-viejo mundo" debe haber nacido como un juego o un chiste: a partir del puntapié proporcionado por el callejero de un pueblo del departamento de Canelones en el que todas las calles llevan el nombre de ciudades europeas, imaginar una Bretaña donde las panaderías venden postre chajá y los viajeros se aprovisionan tanto de manteca salada como de yerba y charqui, con el Cap Frehel como espacio de tolderías (frontera espacial) y una mezcla de celulares, internet y el anuncio de malones. Pero, más allá del juego, legítimo siempre, pienso que si los europeos inventaron América imprimiéndole sus categorías (es la tesis de Edmundo O'Gorman reflexionando sobre el viaje de Colón, que muere creyendo haber llegado a las Indias, pero sigue durante siglos: baste pensar, por ejemplo, en el mito de los Patagones en el estrecho de Magallanes, de personaje de la novela de caballería de 1512 Primaleón a contestado mito en las reflexiones de Rousseau, ya por el siglo dieciocho...), con este libro, los americanos que viajan (por azar de la falla espacio-temporal, o por voluntad propia) calcan sus mapas en Europa. Así, Bretaña puede ser como La Pampa, o ser La Pampa, frontera entre la civilización que se derrumba y las barbaries (que son muchas: los indios, los hombres del norte o los piratas, pero también la xenofobia, los trolls de internet; lo que importa es la función de amenaza que mueve al viaje). Sería la mala costumbre de aprehender un nuevo lugar a través de aquello que conocimos o imaginamos antes: migrar sería, al menos al principio, captar lo nuevo con las categorías anteriores, aproximativas, necesariamente imprecisas.
Sobre las invasiones, en principio, como en el continuo de la literatura sudamericana, los invasores son los indios, que en el juego de equivalencias, son también los nativos de Europa: como dice un personaje en la página 71, "Unas veces les decían los indios, pero otras veces eran simplemente los hombres del norte [...] franceses". Pero en el borgiano relato que es el de FAF, los invasores pueden ser, también, los recién llegados, bárbaros fascinados por la civilización que deciden quedarse, como en la "Historia del guerrero y la cautiva" que cita Yanic, sin saberlo, al especular sobre la naturaleza de Snobby Price (página 78). Aparte de eso, hay otras teorías sobre las invasiones en las páginas 30-31: el complot, el error informático, el sueño, y quizás todas sean ciertas. A propósito del error, un personaje explica que lo llaman "la Gran Renderización"; JG Lagos en La Diaria señala que representa una "guiñada a la teoría racista de la 'gran sustitución' [grand remplacement] de la población de origen europeo por migrantes de otras partes". Para volver a Yanic imaginando lo que motivó el desplazamiento de Snobby Price, si su amigo es el guerrero, bárbaro domesticado por la piedra y el orden, que muere por él, si los indios somos nosotros, la sobredimencionada amenaza de la inmigración en Francia, quizás su mujer, Lena, es la cautiva, fascinada por el espacio otro del que el diario del guerrero-indio es la clave y la promesa: el inmigrante, también él, fascina (América latina: ¡calor, pasión, salsa!) y atemoriza, porque viene a colonizar el deseo y desnaturalizar las costumbres. (Y puesto que vuelvo a lo borgiano en la novela, merecedor del adjetivo parece, también, el amor de Snobby Price, que viaja al otro lado como Borges acude a la casa de Beatriz, como Dante atravesaba el paraíso: para encontrar un impasse, la no concreción, para quedarse en el viaje a fin de evitar el rechazo).
En última instancia, para terminar con el tema de la memoria y el olvido, y retomar la segunda parte, que me hizo naufragar, es como si la experiencia de emigrar no sólo nos confrontara con el olvido (el del otro lado del mar que Snobby Price fija en el recuerdo para perderlo, olvidarlo, mejor), sino también nos abriera a otras memorias: la de la nueva tierra a la que venimos (con sus fuertes y castillos e invasiones bárbaras que conforman naciones: son los francos los que dan nombre a este país) y la de aquellos otros viajeros, los que se fueron a América y temieron en ella lo que temían en Europa. Todas esas memorias se superponen y confunden, como en el Saint Malo pampeano. Naufragar es perderse en el mar, quedar a la deriva, sin barco ni rumbo. La segunda parte dice, casi al concluir "entendiste, todo se trataba simplemente de quitarse de golpe el peso de la eternidad [...] abandonarse a la firme liberación del recuerdo, ir dejando la bitácora". Perderse, cambiar. En la tercera parte, la memoria de Snobby Price va a ser algo casi universal, un popurrí de referencias colapsadas las unas sobre las otras, hasta perder el uso del lenguaje.
Evidentemente, uno no se pierde tanto al migrar, pero si no aferra al pasado, se confronta sin falta, creo yo, a ese vértigo (naufragar, caer: dos cosas que hace Snobby Price). Quizás el libro de FAF sea una reflexión sobre la experiencia de la migración y sus efectos sobre la memoria. Maurice Halbwachs escribía que toda memoria es social, que existe porque tiene marcos: como si la madelaine de Proust (que todavía no leo, pero algo hay de eso al principio de la novela, un té de rooibos, un olor almizclado que trae el recuerdo de una tarde de verano y el rostro olvidado de Susana) funcionara como un lugar de memoria. ¿Qué pasa cuando los marcos desaparecen, cuando quedaron del otro lado del mar, en una orilla cada vez más lejana? ¿El olvido lo toma todo, y como dice Snobby Price, "voy perdiendo los recuerdos del otro lado, que se mezclan con los pocos que produzco en este extraño país"? ¿O toda memoria deviene nuestra? Borges diría, quizás, son dos dos caras de la misma moneda.

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