16 ago 2026

"Las invasiones" de Francisco Álvez Francese (una lectura antojadiza)

Francia lleva encadenando cinco episodios de canícula desde mayo. Estamos a mediados de agosto y quedan dos semanas de vacaciones de verano. El aire sofocante en estos apartamentos luminosos perfectamente adaptados al invierno, que en verano funcionan como estufas y mantienen el calor durante la noche, trae un eco de los veranos en Buenos Aires: húmedos, calurosísimos, con el ventilador removiendo el aire caliente desde los techos.

Aparte de eso, otras cosas me recuerdan a Argentina desde que llegué a este país: su crisis ya crónica (¡pero Argentina siempre tiene una capacidad de innovar en esas cuestiones para seguir siendo un caso único!), su lento pero insistente deseo de destruir el sistema público, cierto anuncio de una política de figuras que va en detrimento de los partidos como institución. Solía bromear diciendo que Francia se estaba argentinizando, pero el comentario ya está desgastado por el uso, y además, es banal. Se trata de comparaciones que pueden realizarse en cualquier país que atraviese el mismo proceso de destrucción de un sistema social que parece perder su interés desde que el comunismo dejó de funcionar como un fantasma que motiva a controlar al menos un poco la desigualdad; y Francia es lo suficientemente compleja y variada como para despertar ecos de tantas otras tierras. Es decir, probablemente muchos migrantes podrían hacer comparaciones semejantes, y evaluar el país al que llegan con los ojos del que dejan.

Todo este prolegómeno para entrar en la materia: una novelita corta de Francisco Álvez Francese (FAF) titulada Las invasiones, publicada en 2023 en una bella edición por Pez en el Hielo. Es su tercer libro, siguiendo la antología de poesía uruguaya que lleva por título Los restos del naufragio y un libro de ensayo titulado La noche americana, ninguno de los cuales he leído. El libro está dividido en tres partes y termina en un epílogo. 

La primera y la tercera partes, que se intitulan respectivamente  "Snobby Price muere" y "Una playa solitaria", mezclan una narración en tercera persona que adopta el punto de vista de una pareja francesa que espera un hijo, Yanic y "la dulcísima Lena" (todo es muy bello y amable en este libro) con fragmentos del diario del finado amigo de ambos, Snobby Price, que Lena intenta leer sin conseguirlo, y que nosotros leemos en su volverse cada vez más impreciso (pasa de llevar fecha en la primera parte, a perder toda marca temporal y orden gramatical en la tercera). Yanic y Lena, que huyen de las incursiones de un malón o de unas misteriosas invasiones de las que nada atestiguamos si no es la permanencia del miedo que dejan a su paso, están tratando de llegar desde un Saint Malo pampeano hasta una mítica Bahía Blanca que solo conocen por los relatos de Snobby Price; su periplo los lleva del este al oeste, de la civilización de Saint Malo a la frontera que representa Cap Frehel, donde esperan encontrar las repuestas que buscan. El diario de Snobby Price, en cambio, nos cuenta el encuentro, la pérdida y la búsqueda de la amada Susana, por la que deja su Bahía Blanca natal y viaja al este, hacia la vera del arroyo Tropa Vieja donde Susana tenía su casa materna y que sirve de brecha espacio-temporal para el salto a la Francia pampeana, nuevo-viejo mundo en el que va a conocer el temor al indio y morir.

La segunda parte, "La noche del naufragio", es una reflexión en primera persona, un tanto críptica, que combina referencias a los troyanos de internet con el recuerdo de la búsqueda de Dios en la infancia y citas de un monje medieval. Especie de reflexión sensorial sobre la convergencia de memorias y el olvido (los personajes que pasan por la brecha hacia el nuevo-viejo mundo se adaptan rápidamente, pero a costa de perder el vínculo con el viejo-nuevo mundo, y olvidar), probablemente se trata de parte del diario de alguno de los dos viajeros de la historia (el uso de la marca de género es confuso): o los manuscritos incomprensibles que hereda Snobby Price al partir Susana, o el relato que él escribe en el momento en que pasa, como Alicia, al otro lado del espejo, y debe mirarse a sí mismo para entender el cambio, porque hay temas que vuelven entre la primera, la segunda y la tercera parte: la niña de sus sueños, el recuerdo de un perro que reaparece al principiar la tercera parte, la metáfora del desierto...

El epílogo, en cambio, retoma la tercera persona, pero esta vez claramente desde la perspectiva de la otra figura que pasó al otro lado antes de Snobby Price, y que explica la futilidad de su viaje (por eso, nos dice la contratapa, "Las invasiones es una historia de amor imposible": se requiere de dos personas para bailar ese tango) y el principio del fin del camino de Yanic y Lena.

El eje que atraviesa y articula las cuatro partes es el de la memoria y el olvido. Si la contratapa lo anuncia correctamente, y otras reseñas lo señalan también, me interesa explorarlo desde la idea de la invasión y la naturaleza de esto que me he dado por llamar "nuevo-viejo mundo", más concretamente, en relación con un contexto de migración. 

El "nuevo-viejo mundo" debe haber nacido como un juego o un chiste: a partir del puntapié proporcionado por el callejero de un pueblo del departamento de Canelones en el que todas las calles llevan el nombre de ciudades europeas, imaginar una Bretaña donde las panaderías venden postre chajá y los viajeros se aprovisionan tanto de manteca salada como de yerba y charqui, con el Cap Frehel como espacio de tolderías (frontera espacial) y una mezcla de celulares, internet y el anuncio de malones. Pero, más allá del juego, legítimo siempre, pienso que si los europeos inventaron América imprimiéndole sus categorías (es la tesis de Edmundo O'Gorman reflexionando sobre el viaje de Colón, que muere creyendo haber llegado a las Indias, pero sigue durante siglos: baste pensar, por ejemplo, en el mito de los Patagones en el estrecho de Magallanes, de personaje de la novela de caballería de 1512 Primaleón a contestado mito en las reflexiones de Rousseau, ya por el siglo dieciocho...), con este libro, los americanos que viajan (por azar de la falla espacio-temporal, o por voluntad propia) calcan sus mapas en Europa. Así, Bretaña puede ser como La Pampa, o ser La Pampa, frontera entre la civilización que se derrumba y las barbaries (que son muchas: los indios, los hombres del norte o los piratas, pero también la xenofobia, los trolls de internet; lo que importa es la función de amenaza que mueve al viaje). Sería la mala costumbre de aprehender un nuevo lugar a través de aquello que conocimos o imaginamos antes: migrar sería, al menos al principio, captar lo nuevo con las categorías anteriores, aproximativas, necesariamente imprecisas.

Sobre las invasiones, en principio, como en el continuo de la literatura sudamericana, los invasores son los indios, que en el juego de equivalencias, son también los nativos de Europa: como dice un personaje en la página 71, "Unas veces les decían los indios, pero otras veces eran simplemente los hombres del norte [...] franceses". Pero en el borgiano relato que es el de FAF, los invasores pueden ser, también, los recién llegados, bárbaros fascinados por la civilización que deciden quedarse, como en la "Historia del guerrero y la cautiva" que cita Yanic, sin saberlo, al especular sobre la naturaleza de Snobby Price (página 78). Aparte de eso, hay otras teorías sobre las invasiones en las páginas 30-31: el complot, el error informático, el sueño, y quizás todas sean ciertas. A propósito del error, un personaje explica que lo llaman "la Gran Renderización"; JG Lagos en La Diaria señala que representa una "guiñada a la teoría racista de la 'gran sustitución' [grand remplacement] de la población de origen europeo por migrantes de otras partes". Para volver a Yanic imaginando lo que motivó el desplazamiento de Snobby Price, si su amigo es el guerrero, bárbaro domesticado por la piedra y el orden, que muere por él, si los indios somos nosotros, la sobredimencionada amenaza de la inmigración en Francia, quizás su mujer, Lena, es la cautiva, fascinada por el espacio otro del que el diario del guerrero-indio es la clave y la promesa: el inmigrante, también él, fascina (América latina: ¡calor, pasión, salsa!) y atemoriza, porque viene a colonizar el deseo y desnaturalizar las costumbres. (Y puesto que vuelvo a lo borgiano en la novela, merecedor del adjetivo parece, también, el amor de Snobby Price, que viaja al otro lado como Borges acude a la casa de Beatriz, como Dante atravesaba el paraíso: para encontrar un impasse, la no concreción, para quedarse en el viaje a fin de evitar el rechazo). 

En última instancia, para terminar con el tema de la memoria y el olvido, y retomar la segunda parte, que me hizo naufragar, es como si la experiencia de emigrar no sólo nos confrontara con el olvido (el del otro lado del mar que Snobby Price fija en el recuerdo para perderlo, olvidarlo, mejor), sino también nos abriera a otras memorias: la de la nueva tierra a la que venimos (con sus fuertes y castillos e invasiones bárbaras que conforman naciones: son los francos los que dan nombre a este país) y la de aquellos otros viajeros, los que se fueron a América y temieron en ella lo que temían en Europa. Todas esas memorias se superponen y confunden, como en el Saint Malo pampeano. Naufragar es perderse en el mar, quedar a la deriva, sin barco ni rumbo. La segunda parte dice, casi al concluir "entendiste, todo se trataba simplemente de quitarse de golpe el peso de la eternidad [...] abandonarse a la firme liberación del recuerdo, ir dejando la bitácora". Perderse, cambiar. En la tercera parte, la memoria de Snobby Price va a ser algo casi universal, un popurrí de referencias colapsadas las unas sobre las otras, hasta perder el uso del lenguaje.

Evidentemente, uno no se pierde tanto al migrar, pero si no aferra al pasado, se confronta sin falta, creo yo, a ese vértigo (naufragar, caer: dos cosas que hace Snobby Price). Quizás el libro de FAF sea una reflexión sobre la experiencia de la migración y sus efectos sobre la memoria. Maurice Halbwachs escribía que toda memoria es social, que existe porque tiene marcos: como si la madelaine de Proust (que todavía no leo, pero algo hay de eso al principio de la novela, un té de rooibos, un olor almizclado que trae el recuerdo de una tarde de verano y el rostro olvidado de Susana) funcionara como un lugar de memoria. ¿Qué pasa cuando los marcos desaparecen, cuando quedaron del otro lado del mar, en una orilla cada vez más lejana? ¿El olvido lo toma todo, y como dice Snobby Price, "voy perdiendo los recuerdos del otro lado, que se mezclan con los pocos que produzco en este extraño país"? ¿O toda memoria deviene nuestra? Borges diría, quizás, son dos dos caras de la misma moneda. 

8 may 2026

De los grafitis de la Rue Henri Noguères

La Rue Henri Noguères del 19e es una pequeña calle peatonal perpendicular al Bassin de la Villette. Lleva el nombre de un resistente socialista en Lyon, en la Segunda Guerra mundial (hoy se conmemora justamente el día de la capitulación alemana; en Francia es uno de esos feriados sobre los que te preguntan para sacar la nacionalidad), y se encuentra entre una escuela y un paredón. Mide menos de 100 metros y es un lugar privilegiado para los grafiteros. A diferencia de otros espacios, en los que hay verdaderas obras de arte que daría pena ver desaparecer, acá los grafitis duran poco y no siempre son de muy buena calidad. Eso permite ver, a veces, dinámicas interesantes de respuesta. Pudimos asistir, hace menos de un mes, a una verdadera batalla de grafitis, y hoy ya de eso no queda casi nada.

Todo comenzó el 12 de abril, con un conjunto de grafitis contra la guerra que vimos en pleno proceso de creación. Las fotos de los grafitis (solo saqué de los que me parecieron interesantes) están tomadas desde la rue de Jean Jaurès hasta el Quai de la Loire.



Cuando pasamos una semana después, vimos el mural terminado, y las intervenciones. Todo lo que remitiera a una crítica a la política del Estado de Israel ("Cursed be the colonizers", por ejemplo), o una referencia a Palestina había sido intervenido. Las referencias humanistas o de izquierda (como el "On est tous chez nous", es decir, "aquí todos estamos en casa; este es nuestro barrio para todos"), también.



Hoy es 8 de mayo, y sólo quedan algunos rastros: las pintadas menos polémicas, o quizás menos evidentes. Otros grafitis nuevos, más coloridos, vinieron a cubrir la propuesta pacifista y la respuesta ¿islamófoba? ¿fascistoide? ¿simplemente intolerante? Probablemente haya registros variados del mural del 12 de abril, pero me da gracia que acá vaya a quedar la marca de la pintura sobre la pintura, y un registro de unas imágenes que mucho interés, para mí, no guardan, si no fuera por lo que cubren.

Collapse (2026) de Anat Even

Collapse. Face à Gaza es un documental filmado en la frontera israelí ante Gaza, en la zona donde se cometieron los asesinatos en los kibuts el siete de octubre de 2023 y en la que comenzaron los bombardeos israelíes. La directora vuelve al kibutz donde vivió, y donde vivieron y murieron sus amigos. Registra imágenes y sonidos tempranos: de la comunidad desierta, de los pájaros (muchísimos pájaros, un pavo real, cuervos que sobrevuelan), del bombardeo constante en la frontera. La vegetación es densa y hermosa, es un bello lugar para vivir si sólo se ven las fachadas desde fuera. Pero los pájaros están desquiciados, el chirrido es intenso, los bombardeos no cesan.

De ahí en adelante, la directora viaja con su cámara, impotente, registrando imágenes de la destrucción de la  ciudad al otro lado de la frontera; del bloqueo a los convoys humanitarios; de los mítins de los colonos israelíes que plantean que hay una "necesidad existencial" (un sintagma que parece tomado de Carl Schmitt) de "destruir, expulsar y colonizar" Gaza porque formaría parte de la "tierra prometida" de Judea; del turismo extranjero en los lugares del atentado; del turismo israelí para ver la destrucción de Gaza desde un mirador; de la minúscula resistencia de la izquierda israelí; de los entrenamientos militares en los patios de las casas abandonadas; del cambio de discurso de los que solían ser de izquierda y ya no lo son; de la visita del "monstruo Desastre" Netanyahu al kibutz; de las aplanadoras empleadas para arrasar los escombros.

Las imágenes están apuntaladas por una música sutil, delicada, que casi consiste tan solo en pulsaciones ambientales metálicas, a cargo de Eli Shargo. Escuchamos, además, la correspondencia que Even mantiene con su amigo parisino Ariel Cypel, que figura como coescritor del documental y productor, y con otras personas que dan precisiones sobre el sonido de las aves y el temblor de la tierra bombardeada, y los testimonios de un médico y una madre palestinos.

Aparte de eso y de ligeras intervenciones de la directora para calificar el desastre humanitario y moral al que asiste (como el calificativo atribuido a Netanyahu, o una temprana designación de la guerra como forma de venganza, que al cabo de más de dos años de una guerra desproporcional y de los crímenes  cometidos o permitidos por el Estado de Israel, merece claramente ser cuestionada), Even permanece generalmente en silencio detrás de su cámara. Quizás este mutismo voluntario es uno de los méritos de este documental, si lo comparamos, por ejemplo, con The Settlers de Louis Theroux para  la BBC: porque confronta al espectador con el colapso de la sociedad israelí que se inclina al deseo de exterminio de los palestinos a los que consideran como "ratas" (lo que nos recuerda dolorosamente aquella famosa historieta de Art Spiegelman) sin permitir ninguna mediación discursiva tranquilizante que venga a cerrar el horror de lo que se atestigua, indirectamente, al otro lado de la frontera.



25 abr 2025

No nos habita lo ritual

No nos habita lo ritual
un día equivale al anterior
y el paso de los tiempos y los años
no nos ocupan

Gravitamos sin iteración
discontinuos e inocentes
y cada ceremonia se baña en un olvido
y cada acto silencia sus ecos

Todo es irrepetible
la piedra cae al lago sin trazar ondas
la hoja despliega un único patrón dactilar
se nos ha prohibido todo tipo de abstracción

Toda fiesta es la primera
toda luz, acontecimiento
toda noche, misterio

Cada amor es inicial
ardor ensordecedor, bálsamo anestésico
no nos habita lo ritual

Tres canciones italianas


Andrea Laszlo de Simone — "Vivo"


Iosonouncane — "Stormi"


Morgan — "Altrove"


15 feb 2025

Les Rigoles



Las burocracias del tiempo humano hicieron que me fuera regalada la novela gráfica de Brecht Evens que da nombre a esta entrada.

A Evens, pintor de acuarelas belga, lo conocí hace años de manera azarosa, en algún blog perdido que me mostró imágenes inesperadas, plagadas de una soledad llena de colores, pero soledad al fin.

Lo que no entendía aún (porque no lo conocía) era el ¿influjo? o quizás la similitud, con el expresionismo alemán.
The Making Of, 2011
VRIJ Nederland, 2011
De Morgen



El libro que llegó a mis manos conserva los colores y el ambiente, pero también la furia ligera que anuncia el título, y el ansia líquida del instrumento que sirviera para su creación.

Entonces, primero el título.

Les Rigoles es el nombre de una taberna de Belleville; el nombre puede traducirse como "acequias", "zanjas" o hasta los "hilos de agua" que corren por el surco, pero evoca también un verbo (rigoler) que significa, claro está, "cavar un surco", pero también, curiosa casualidad, "reírse (de algo)" o "bromear". 

El diccionario de la Academia francesa explica que los dos términos (rigole y rigoler) provienen del siglo XIII. El sustantivo proviene del holandés regel ("fila, línea recta"), que deriva a su vez del latín regula ("regla"), y el verbo que le corresponde derivó de este término. Pero el otro verbo contradice esta rigidez, y surge a fines del siglo XIII del cruce de un sustantivo y un verbo: el francés antiguo riole, que designa el jolgorio (partie de plaisir, dice el diccionario francés, y podría traducirse como "fiesta de placer") y deriva del sustantivo rire (el reír), y el verbo galer, que dio lugar al coloquial "rascarse", pero en francés antiguo significaba "divertirse". Le Figaro recoge que un sustantivo derivado de rigoler, rigolage, puede encontrarse en el Roman de la rose de Jean de Meung hacia 1275, en el sentido de "'regocijo', especialmente vinculado, al parecer, al placer de bailar", pero actualmente el sustantivo no designa más que el riego.

Lo que el tiempo hizo a los intercambios entre estos dos verbos, Evens lo hace en papel, porque el libro nos habla del deseo de los placeres nocturnos, está pintado a la acuarela, y corre como entre canales hacia el mar. "Las calles son ríos (fleuves, del latín fluvius, que nos da lo fluvial, lo melifluo y lo superfluo), son rigoles", dice un personaje que juega con las palabras, y todo líquido acaba por derramarse, y todo lo sólido se acuatiza: los alcoholes mojan a la gente, una cabeza se funde en una pecera, un taxi deviene ballena y si en la pintura rómantica el héroe contemplaba un mar de nubes, en el libro de Evens se enfrenta al mar de luces de la ciudad.






La ciudad es, pues, un conjunto de calles-canales, y el libro de Evans retrata ese discurrir. 

En ese sentido, es un relato plural, ambicioso, tanto por cómo cuenta (la forma) como por lo que cuenta.

Múltiple, en lo que concierne al cómo, porque explora diferentes formas de expresión: diversos usos de la página (tenemos grandes dibujos a dos páginas en los que se nos muestra la ciudad o se nos expone a los personajes perdidos en un mar de palabras, o grandes perspectivas detonadas de detalles que muestran con simultaneidad diferentes conversaciones y situaciones, o bien la multiplicación de imágenes para interiorizarse en aquello que se esconde tras las apariencias), empleos de estilos distintos, multiplicación de colores que contrastan con retornos a la monocromía, transparencias... No soy especialista, un ejemplo puede verse en la página del autor.

Y diverso en lo que cuenta, porque es un relato esencialmente polifónico que huye de la narración troncal, aunque termine concentrándose en tres personajes principales, sus universos, y el taxi-taxista que los trasporta, abre la narración y establece un hilo conductor o punto de convergencia asincrónico. 

No hay unidad de espacio (los personajes navegan de un bar-isla a otro, o terminan a la deriva en las calles destempladas), pero sí de tiempo: todo transcurre en una noche, aunque el tiempo de esa noche parece extenderse infinitamente.
 
Entonces, la historia puede resumirse de manera un poco esquemática como aquella de tres personas que se encuentran en tránsito de la juventud a la adultez, con las metamorfosis, las insatisfacciones y las contradicciones que eso implica. 

Jona, de un melancólico azul, asqueado de la ciudad que lo vio crecer, se apura a abandonarla para ir a juntarse con su mujer en Berlín, pero en su última noche es abordado por los restos de un pasado que no acaba de dejar. Que quizás no pueda dejar.

Victoria festeja una recuperación que capaz no es tal, pero tal vez no debería ser, saliendo a comer con su hermana, su ex novio y la pareja de este, y ante la presunta recaída, acaba en una fuga indecisa acompañada de una institutriz bailarina de pole dancing... Verde (aún verde), quizás por gusto acaba por no hacer honor a su nombre.

Y el Baron Samedi, que arde de rojo, es un joven deprimido que acaba sufriendo una verdadera metamorfosis y, tras un pico de climax o anagnórisis, se despoja de sus máscaras y acaba muriendo para renacer con una promesa de mayor libertad, semejante el loa del vudú haitiano que le da nombre.

Sus personajes hacen de Les Rigoles una historia muy juvenil, y quizás por eso pertinente en este momento en donde ya he atravesado la mitad del camino de mi vida: porque aunque arrojados al disfrute y al placer, su juventud parece más bien verterse hacia un mar que podría ser la muerte. Es decir, tal vez lo que me gusta es que el libro atrapa todo eso que en la juventud, a pesar de sus pantallas de colores, no deja de situarse en el terreno de la indecisión, la insatisfacción, pero también una voluntad de arder y desplegarse que a veces se pierde con las elecciones de la edad, una voluntad que parecería no tener cabida en la ciudad que la acoge. 

Pero más allá de los tintes a la Camus o existencialistas, probablemente lo más bello del cómic es que, aunque la capital de Francia no acabe siendo necesariamente la ciudad que nos muestra el libro (y esto a pesar de la referencia a Belleville), Evens le da finalmente un mar a París.