La Rue Henri Noguères del 19e es una pequeña calle peatonal perpendicular al Bassin de la Villette. Lleva el nombre de un resistente socialista en Lyon, en la Segunda Guerra mundial (hoy se conmemora justamente el día de la capitulación alemana; en Francia es uno de esos feriados sobre los que te preguntan para sacar la nacionalidad), y se encuentra entre una escuela y un paredón. Mide menos de 100 metros y es un lugar privilegiado para los grafiteros. A diferencia de otros espacios, en los que hay verdaderas obras de arte que daría pena ver desaparecer, acá los grafitis duran poco y no siempre son de muy buena calidad. Eso permite ver, a veces, dinámicas interesantes de respuesta. Pudimos asistir, hace menos de un mes, a una verdadera batalla de grafitis, y hoy ya de eso no queda casi nada.
Ander
8 may 2026
De los grafitis de la Rue Henri Noguères
Collapse (2026) de Anat Even
Collapse. Face à Gaza es un documental filmado en la frontera israelí ante Gaza, en la zona donde se cometieron los asesinatos en los kibuts el siete de octubre de 2023 y en la que comenzaron los bombardeos israelíes. La directora vuelve al kibutz donde vivió, y donde vivieron y murieron sus amigos. Registra imágenes y sonidos tempranos: de la comunidad desierta, de los pájaros (muchísimos pájaros, un pavo real, cuervos que sobrevuelan), del bombardeo constante en la frontera. La vegetación es densa y hermosa, es un bello lugar para vivir si sólo se ven las fachadas desde fuera. Pero los pájaros están desquiciados, el chirrido es intenso, los bombardeos no cesan.
De ahí en adelante, la directora viaja con su cámara, impotente, registrando imágenes de la destrucción de la ciudad al otro lado de la frontera; del bloqueo a los convoys humanitarios; de los mítins de los colonos israelíes que plantean que hay una "necesidad existencial" (un sintagma que parece tomado de Carl Schmitt) de "destruir, expulsar y colonizar" Gaza porque formaría parte de la "tierra prometida" de Judea; del turismo extranjero en los lugares del atentado; del turismo israelí para ver la destrucción de Gaza desde un mirador; de la minúscula resistencia de la izquierda israelí; de los entrenamientos militares en los patios de las casas abandonadas; del cambio de discurso de los que solían ser de izquierda y ya no lo son; de la visita del "monstruo Desastre" Netanyahu al kibutz; de las aplanadoras empleadas para arrasar los escombros.
Las imágenes están apuntaladas por una música sutil, delicada, que casi consiste tan solo en pulsaciones ambientales metálicas, a cargo de Eli Shargo. Escuchamos, además, la correspondencia que Even mantiene con su amigo parisino Ariel Cypel, que figura como coescritor del documental y productor, y con otras personas que dan precisiones sobre el sonido de las aves y el temblor de la tierra bombardeada, y los testimonios de un médico y una madre palestinos.
Aparte de eso y de ligeras intervenciones de la directora para calificar el desastre humanitario y moral al que asiste (como el calificativo atribuido a Netanyahu, o una temprana designación de la guerra como forma de venganza, que al cabo de más de dos años de una guerra desproporcional y de los crímenes cometidos o permitidos por el Estado de Israel, merece claramente ser cuestionada), Even permanece generalmente en silencio detrás de su cámara. Quizás este mutismo voluntario es uno de los méritos de este documental, si lo comparamos, por ejemplo, con The Settlers de Louis Theroux para la BBC: porque confronta al espectador con el colapso de la sociedad israelí que se inclina al deseo de exterminio de los palestinos a los que consideran como "ratas" (lo que nos recuerda dolorosamente aquella famosa historieta de Art Spiegelman) sin permitir ninguna mediación discursiva tranquilizante que venga a cerrar el horror de lo que se atestigua, indirectamente, al otro lado de la frontera.
25 abr 2025
No nos habita lo ritual
No nos habita lo ritual
un día equivale al anterior
y el paso de los tiempos y los años
no nos ocupan
Gravitamos sin iteración
discontinuos e inocentes
y cada ceremonia se baña en un olvido
y cada acto silencia sus ecos
Todo es irrepetible
la piedra cae al lago sin trazar ondas
la hoja despliega un único patrón dactilar
se nos ha prohibido todo tipo de abstracción
Toda fiesta es la primera
toda luz, acontecimiento
toda noche, misterio
Cada amor es inicial
ardor ensordecedor, bálsamo anestésico
no nos habita lo ritual
15 feb 2025
Les Rigoles
A Evens, pintor de acuarelas belga, lo conocí hace años de manera azarosa, en algún blog perdido que me mostró imágenes inesperadas, plagadas de una soledad llena de colores, pero soledad al fin.
Lo que no entendía aún (porque no lo conocía) era el ¿influjo? o quizás la similitud, con el expresionismo alemán.
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| The Making Of, 2011 |
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| VRIJ Nederland, 2011 |
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| De Morgen |
El libro que llegó a mis manos conserva los colores y el ambiente, pero también la furia ligera que anuncia el título, y el ansia líquida del instrumento que sirviera para su creación.
Les Rigoles es el nombre de una taberna de Belleville; el nombre puede traducirse como "acequias", "zanjas" o hasta los "hilos de agua" que corren por el surco, pero evoca también un verbo (rigoler) que significa, claro está, "cavar un surco", pero también, curiosa casualidad, "reírse (de algo)" o "bromear". 
26 sept 2024
De la memoria de la lengua
Hace diez años que dejé el continente
americano.
Lo primero que olvidé fue el nombre de las
calles. Las de la capital desaparecieron enseguida, exceptuando dos o tres,
demasiado icónicas, de las que supe desgastar las veredas. Las de mi ciudad y
todas las que me ataban al mundo que la rodeaba resistieron algunos años, pero
sacando las inmediatamente colindantes a la casa de mis padres, al final se
fueron confundiendo en una maraña ininteligible. Sentí la herida narcisista de
confirmar que nunca fui verdaderamente porteña, y luego la vergüenza de perder
algo familiar, pero terminó por no importarme, porque, al fin y al cabo,
siempre fui mala para la abstracción espacial. Me quedan las imágenes, cada vez
más brillantes, como lavadas por la lluvia, que acá no nos da tregua.
Lo segundo que mostró estar sujeto
ineludiblemente al tiempo y el olvido fue la jerga callejera, esa que denota
pertenencia cuando se aborda a alguien en la calle.
La causa fue, en parte, la apertura a las especies
foráneas, que había ya comenzado con los “bo”, “ta”, “de fiesta”, “de más” y
los “championes” uruguayos, y se instaló luego definitivamente, un poco por dar
clases de español "castizo" (lo que hizo que aprendiera rápidamente,
no sólo a cecear sin problemas, sino a hablar de “guiris”, cosas “cutres”, y
mandar a la gente “a tomar por culo”), otro poco por convivir con chilenos,
mexicanos, y otros géneros de latinoamericanos trashumantes. Quizás por la
dificultad de entrarle a la lengua, y por los lazos que me unían a ella, el
chileno se abrió un paso en mi cabeza, y desde entonces cada tanto descubro
algún pichón osado que trata de salir del huevo, aunque no lo dejo. No se me
escuchará nunca decir que me “tinca” algo, ni que amo la “pega”, ni que tengo
un “pololo”, ni menos que menos un “po”. Me cuido, sin embargo, al proponerle a
alguien tomar del “pico” si no sé su nacionalidad. Con todo, sea cual sea mi
voluntad, a veces se cuela en mi discurso alguna avecilla sigilosa, quizás
demasiado colorida, en general por confusión y por olvido, porque ya no sé rastrear
su origen: se me puede escuchar decir, por ejemplo, que no cacho algo, porque dudo
que no se diga también en Argentina, y al final no me importa demasiado. A
veces lo permito conscientemente, con términos específicos que es bueno
manipular en varias lenguas, como “cheto”, “pijo”, “cuico”, “fresa”, “bobo”
o “fighetto”, o “chinchín”, “santé”, “salute”, “prost”,
“cheers” “nazdarobia”, o “gaumaryos”.
Al final, todo eso es un incremento del léxico,
y tiene para mí su atractivo, aunque sea a costa de denotar el alejamiento
cuando estoy en mi país de origen. Lo dramático no es eso, sino, para volver al
tema inicial, lo que marca la distancia con el devenir de mis compatriotas (el “bla”
que ahora se puso de moda allá, y que rechazo) y, lo que es peor, conmigo misma:
la repetición ridícula, es decir, tratar de mantener un vínculo con Buenos
Aires sumando, a la tendencia a usar términos anticuados o sacados de los
libros (un “plato”, a “rolete” y un “periquete”, “pipi cucú” y “sanseacabó”, o
el “lavabo” y los “regazos”), que por lo menos habla de una memoria familiar o literaria,
todo eso que cuando estaba allá decía con ironía, y que ahora digo con cierto
cariño y ya sin saber si se dice o quién lo dice: que algo o alguien es “joya”,
“bludo”, “bluda”, “reina” y otras cosas que ahora no se me vienen a la testa.
Lo último o quizás primero en esta carrera
al asilvestramiento fue eso, lo absolutamente extranjero: todas las palabras
que a fuerza de ser dichas ahora vienen antes en francés que en español, y que
a veces vienen huérfanas, en lugar del español, ya sea porque no tienen
una traducción fácil o de rápida rememoración (el enjeu, que es el quid
de la cuestión, el meollo del asunto, lo que está en juego o el problema), ya
sea porque yo avanzo a bastonazos en francés y cada tanto hablo en forma
aproximativa (tirar un rétrécissement cuando quiero evocar un achicamiento
o disminución).
Mi lengua es, entonces, un jaleo de
animalejos de colores extraños, tímidos a veces, otras inopinadamente audaces. La
entretengo en un entre nous que conformamos con Martín y los amigos extranjeros
de acá, y no me causa pudor mezclar un “andiamo”, un “wait”, o un
“ça y est”: tiene algo de juego y de práctica, y en el apuro, de
necesidad. Solo cuando voy a Buenos Aires o Montevideo es violento, porque me
pesa el temor del esnobismo, pero la lengua vuelve rápido a su curso, y las
creaturas se ocultan en el bosque. Es el disciplinamiento de volver a “nuestro
lugar”.
En alguno de esos viajes de retorno, a mitad del recorrido de estos diez años, mi tía Betty me dijo con sorpresa al escucharme que había temido que fuera a perder el acento, y remedió un embrollo de fonemas afrancesados. Pensé en mis primos, que crecieron entre España y el sur de Francia, y hablan en un español de cetas y ces, en el que a veces mezclan con pereza un viejo término bonaerense, y en una tía de mi madre que huyó en la dictadura y que tras pasar la vida en Canarias, habla con un indudable acento colombiano. Y aunque aún no la conocía, pienso también ahora en una colega de trabajo argentina, que al cabo de tantos años de enseñar castellano en Francia terminó reemplazando la melodía rioplatense por la tonada española, sin que parezca producirle mucho pesar. Pero no pude evitar reírme y tranquilizarla, porque rodeada como estoy de latinoamericanos o franceses que agudizan el castellano, y con una pareja anclada lingüísticamente al Uruguay, llegar a ese punto de alejamiento resulta meridianamente improbable.
Vaya uno a saber si dentro de diez años podré decir lo mismo; el reverso de esa fidelidad al acento es, para bien o para mal, la machaconería, al hablar francés, del “petit accent”.








