8 may 2026

De los grafitis de la Rue Henri Noguères

La Rue Henri Noguères del 19e es una pequeña calle peatonal perpendicular al Bassin de la Villette. Lleva el nombre de un resistente socialista en Lyon, en la Segunda Guerra mundial (hoy se conmemora justamente el día de la capitulación alemana; en Francia es uno de esos feriados sobre los que te preguntan para sacar la nacionalidad), y se encuentra entre una escuela y un paredón. Mide menos de 100 metros y es un lugar privilegiado para los grafiteros. A diferencia de otros espacios, en los que hay verdaderas obras de arte que daría pena ver desaparecer, acá los grafitis duran poco y no siempre son de muy buena calidad. Eso permite ver, a veces, dinámicas interesantes de respuesta. Pudimos asistir, hace menos de un mes, a una verdadera batalla de grafitis, y hoy ya de eso no queda casi nada.

Todo comenzó el 12 de abril, con un conjunto de grafitis contra la guerra que vimos en pleno proceso de creación. Las fotos de los grafitis (solo saqué de los que me parecieron interesantes) están tomadas desde la rue de Jean Jaurès hasta el Quai de la Loire.



Cuando pasamos una semana después, vimos el mural terminado, y las intervenciones. Todo lo que remitiera a una crítica a la política del Estado de Israel ("Cursed be the colonizers", por ejemplo), o una referencia a Palestina había sido intervenido. Las referencias humanistas o de izquierda (como el "On est tous chez nous", es decir, "aquí todos estamos en casa; este es nuestro barrio para todos"), también.



Hoy es 8 de mayo, y sólo quedan algunos rastros: las pintadas menos polémicas, o quizás menos evidentes. Otros grafitis nuevos, más coloridos, vinieron a cubrir la propuesta pacifista y la respuesta ¿islamófoba? ¿fascistoide? ¿simplemente intolerante? Probablemente haya registros variados del mural del 12 de abril, pero me da gracia que acá vaya a quedar la marca de la pintura sobre la pintura, y un registro de unas imágenes que mucho interés, para mí, no guardan, si no fuera por lo que cubren.

Collapse (2026) de Anat Even

Collapse. Face à Gaza es un documental filmado en la frontera israelí ante Gaza, en la zona donde se cometieron los asesinatos en los kibuts el siete de octubre de 2023 y en la que comenzaron los bombardeos israelíes. La directora vuelve al kibutz donde vivió, y donde vivieron y murieron sus amigos. Registra imágenes y sonidos tempranos: de la comunidad desierta, de los pájaros (muchísimos pájaros, un pavo real, cuervos que sobrevuelan), del bombardeo constante en la frontera. La vegetación es densa y hermosa, es un bello lugar para vivir si sólo se ven las fachadas desde fuera. Pero los pájaros están desquiciados, el chirrido es intenso, los bombardeos no cesan.

De ahí en adelante, la directora viaja con su cámara, impotente, registrando imágenes de la destrucción de la  ciudad al otro lado de la frontera; del bloqueo a los convoys humanitarios; de los mítins de los colonos israelíes que plantean que hay una "necesidad existencial" (un sintagma que parece tomado de Carl Schmitt) de "destruir, expulsar y colonizar" Gaza porque formaría parte de la "tierra prometida" de Judea; del turismo extranjero en los lugares del atentado; del turismo israelí para ver la destrucción de Gaza desde un mirador; de la minúscula resistencia de la izquierda israelí; de los entrenamientos militares en los patios de las casas abandonadas; del cambio de discurso de los que solían ser de izquierda y ya no lo son; de la visita del "monstruo Desastre" Netanyahu al kibutz; de las aplanadoras empleadas para arrasar los escombros.

Las imágenes están apuntaladas por una música sutil, delicada, que casi consiste tan solo en pulsaciones ambientales metálicas, a cargo de Eli Shargo. Escuchamos, además, la correspondencia que Even mantiene con su amigo parisino Ariel Cypel, que figura como coescritor del documental y productor, y con otras personas que dan precisiones sobre el sonido de las aves y el temblor de la tierra bombardeada, y los testimonios de un médico y una madre palestinos.

Aparte de eso y de ligeras intervenciones de la directora para calificar el desastre humanitario y moral al que asiste (como el calificativo atribuido a Netanyahu, o una temprana designación de la guerra como forma de venganza, que al cabo de más de dos años de una guerra desproporcional y de los crímenes  cometidos o permitidos por el Estado de Israel, merece claramente ser cuestionada), Even permanece generalmente en silencio detrás de su cámara. Quizás este mutismo voluntario es uno de los méritos de este documental, si lo comparamos, por ejemplo, con The Settlers de Louis Theroux para  la BBC: porque confronta al espectador con el colapso de la sociedad israelí que se inclina al deseo de exterminio de los palestinos a los que consideran como "ratas" (lo que nos recuerda dolorosamente aquella famosa historieta de Art Spiegelman) sin permitir ninguna mediación discursiva tranquilizante que venga a cerrar el horror de lo que se atestigua, indirectamente, al otro lado de la frontera.



25 abr 2025

No nos habita lo ritual

No nos habita lo ritual
un día equivale al anterior
y el paso de los tiempos y los años
no nos ocupan

Gravitamos sin iteración
discontinuos e inocentes
y cada ceremonia se baña en un olvido
y cada acto silencia sus ecos

Todo es irrepetible
la piedra cae al lago sin trazar ondas
la hoja despliega un único patrón dactilar
se nos ha prohibido todo tipo de abstracción

Toda fiesta es la primera
toda luz, acontecimiento
toda noche, misterio

Cada amor es inicial
ardor ensordecedor, bálsamo anestésico
no nos habita lo ritual

Tres canciones italianas


Andrea Laszlo de Simone — "Vivo"


Iosonouncane — "Stormi"


Morgan — "Altrove"


15 feb 2025

Les Rigoles



Las burocracias del tiempo humano hicieron que me fuera regalada la novela gráfica de Brecht Evens que da nombre a esta entrada.

A Evens, pintor de acuarelas belga, lo conocí hace años de manera azarosa, en algún blog perdido que me mostró imágenes inesperadas, plagadas de una soledad llena de colores, pero soledad al fin.

Lo que no entendía aún (porque no lo conocía) era el ¿influjo? o quizás la similitud, con el expresionismo alemán.
The Making Of, 2011
VRIJ Nederland, 2011
De Morgen



El libro que llegó a mis manos conserva los colores y el ambiente, pero también la furia ligera que anuncia el título, y el ansia líquida del instrumento que sirviera para su creación.

Entonces, primero el título.

Les Rigoles es el nombre de una taberna de Belleville; el nombre puede traducirse como "acequias", "zanjas" o hasta los "hilos de agua" que corren por el surco, pero evoca también un verbo (rigoler) que significa, claro está, "cavar un surco", pero también, curiosa casualidad, "reírse (de algo)" o "bromear". 

El diccionario de la Academia francesa explica que los dos términos (rigole y rigoler) provienen del siglo XIII. El sustantivo proviene del holandés regel ("fila, línea recta"), que deriva a su vez del latín regula ("regla"), y el verbo que le corresponde derivó de este término. Pero el otro verbo contradice esta rigidez, y surge a fines del siglo XIII del cruce de un sustantivo y un verbo: el francés antiguo riole, que designa el jolgorio (partie de plaisir, dice el diccionario francés, y podría traducirse como "fiesta de placer") y deriva del sustantivo rire (el reír), y el verbo galer, que dio lugar al coloquial "rascarse", pero en francés antiguo significaba "divertirse". Le Figaro recoge que un sustantivo derivado de rigoler, rigolage, puede encontrarse en el Roman de la rose de Jean de Meung hacia 1275, en el sentido de "'regocijo', especialmente vinculado, al parecer, al placer de bailar", pero actualmente el sustantivo no designa más que el riego.

Lo que el tiempo hizo a los intercambios entre estos dos verbos, Evens lo hace en papel, porque el libro nos habla del deseo de los placeres nocturnos, está pintado a la acuarela, y corre como entre canales hacia el mar. "Las calles son ríos (fleuves, del latín fluvius, que nos da lo fluvial, lo melifluo y lo superfluo), son rigoles", dice un personaje que juega con las palabras, y todo líquido acaba por derramarse, y todo lo sólido se acuatiza: los alcoholes mojan a la gente, una cabeza se funde en una pecera, un taxi deviene ballena y si en la pintura rómantica el héroe contemplaba un mar de nubes, en el libro de Evens se enfrenta al mar de luces de la ciudad.






La ciudad es, pues, un conjunto de calles-canales, y el libro de Evans retrata ese discurrir. 

En ese sentido, es un relato plural, ambicioso, tanto por cómo cuenta (la forma) como por lo que cuenta.

Múltiple, en lo que concierne al cómo, porque explora diferentes formas de expresión: diversos usos de la página (tenemos grandes dibujos a dos páginas en los que se nos muestra la ciudad o se nos expone a los personajes perdidos en un mar de palabras, o grandes perspectivas detonadas de detalles que muestran con simultaneidad diferentes conversaciones y situaciones, o bien la multiplicación de imágenes para interiorizarse en aquello que se esconde tras las apariencias), empleos de estilos distintos, multiplicación de colores que contrastan con retornos a la monocromía, transparencias... No soy especialista, un ejemplo puede verse en la página del autor.

Y diverso en lo que cuenta, porque es un relato esencialmente polifónico que huye de la narración troncal, aunque termine concentrándose en tres personajes principales, sus universos, y el taxi-taxista que los trasporta, abre la narración y establece un hilo conductor o punto de convergencia asincrónico. 

No hay unidad de espacio (los personajes navegan de un bar-isla a otro, o terminan a la deriva en las calles destempladas), pero sí de tiempo: todo transcurre en una noche, aunque el tiempo de esa noche parece extenderse infinitamente.
 
Entonces, la historia puede resumirse de manera un poco esquemática como aquella de tres personas que se encuentran en tránsito de la juventud a la adultez, con las metamorfosis, las insatisfacciones y las contradicciones que eso implica. 

Jona, de un melancólico azul, asqueado de la ciudad que lo vio crecer, se apura a abandonarla para ir a juntarse con su mujer en Berlín, pero en su última noche es abordado por los restos de un pasado que no acaba de dejar. Que quizás no pueda dejar.

Victoria festeja una recuperación que capaz no es tal, pero tal vez no debería ser, saliendo a comer con su hermana, su ex novio y la pareja de este, y ante la presunta recaída, acaba en una fuga indecisa acompañada de una institutriz bailarina de pole dancing... Verde (aún verde), quizás por gusto acaba por no hacer honor a su nombre.

Y el Baron Samedi, que arde de rojo, es un joven deprimido que acaba sufriendo una verdadera metamorfosis y, tras un pico de climax o anagnórisis, se despoja de sus máscaras y acaba muriendo para renacer con una promesa de mayor libertad, semejante el loa del vudú haitiano que le da nombre.

Sus personajes hacen de Les Rigoles una historia muy juvenil, y quizás por eso pertinente en este momento en donde ya he atravesado la mitad del camino de mi vida: porque aunque arrojados al disfrute y al placer, su juventud parece más bien verterse hacia un mar que podría ser la muerte. Es decir, tal vez lo que me gusta es que el libro atrapa todo eso que en la juventud, a pesar de sus pantallas de colores, no deja de situarse en el terreno de la indecisión, la insatisfacción, pero también una voluntad de arder y desplegarse que a veces se pierde con las elecciones de la edad, una voluntad que parecería no tener cabida en la ciudad que la acoge. 

Pero más allá de los tintes a la Camus o existencialistas, probablemente lo más bello del cómic es que, aunque la capital de Francia no acabe siendo necesariamente la ciudad que nos muestra el libro (y esto a pesar de la referencia a Belleville), Evens le da finalmente un mar a París.

26 sept 2024

De la memoria de la lengua

Hace diez años que dejé el continente americano. 

Lo primero que olvidé fue el nombre de las calles. Las de la capital desaparecieron enseguida, exceptuando dos o tres, demasiado icónicas, de las que supe desgastar las veredas. Las de mi ciudad y todas las que me ataban al mundo que la rodeaba resistieron algunos años, pero sacando las inmediatamente colindantes a la casa de mis padres, al final se fueron confundiendo en una maraña ininteligible. Sentí la herida narcisista de confirmar que nunca fui verdaderamente porteña, y luego la vergüenza de perder algo familiar, pero terminó por no importarme, porque, al fin y al cabo, siempre fui mala para la abstracción espacial. Me quedan las imágenes, cada vez más brillantes, como lavadas por la lluvia, que acá no nos da tregua.

Lo segundo que mostró estar sujeto ineludiblemente al tiempo y el olvido fue la jerga callejera, esa que denota pertenencia cuando se aborda a alguien en la calle.

La causa fue, en parte, la apertura a las especies foráneas, que había ya comenzado con los “bo”, “ta”, “de fiesta”, “de más” y los “championes” uruguayos, y se instaló luego definitivamente, un poco por dar clases de español "castizo" (lo que hizo que aprendiera rápidamente, no sólo a cecear sin problemas, sino a hablar de “guiris”, cosas “cutres”, y mandar a la gente “a tomar por culo”), otro poco por convivir con chilenos, mexicanos, y otros géneros de latinoamericanos trashumantes. Quizás por la dificultad de entrarle a la lengua, y por los lazos que me unían a ella, el chileno se abrió un paso en mi cabeza, y desde entonces cada tanto descubro algún pichón osado que trata de salir del huevo, aunque no lo dejo. No se me escuchará nunca decir que me “tinca” algo, ni que amo la “pega”, ni que tengo un “pololo”, ni menos que menos un “po”. Me cuido, sin embargo, al proponerle a alguien tomar del “pico” si no sé su nacionalidad. Con todo, sea cual sea mi voluntad, a veces se cuela en mi discurso alguna avecilla sigilosa, quizás demasiado colorida, en general por confusión y por olvido, porque ya no sé rastrear su origen: se me puede escuchar decir, por ejemplo, que no cacho algo, porque dudo que no se diga también en Argentina, y al final no me importa demasiado. A veces lo permito conscientemente, con términos específicos que es bueno manipular en varias lenguas, como “cheto”, “pijo”, “cuico”, “fresa”, “bobo” o “fighetto”, o “chinchín”, “santé”, “salute”, “prost”, “cheers” “nazdarobia”, o “gaumaryos”.

Al final, todo eso es un incremento del léxico, y tiene para mí su atractivo, aunque sea a costa de denotar el alejamiento cuando estoy en mi país de origen. Lo dramático no es eso, sino, para volver al tema inicial, lo que marca la distancia con el devenir de mis compatriotas (el “bla” que ahora se puso de moda allá, y que rechazo) y, lo que es peor, conmigo misma: la repetición ridícula, es decir, tratar de mantener un vínculo con Buenos Aires sumando, a la tendencia a usar términos anticuados o sacados de los libros (un “plato”, a “rolete” y un “periquete”, “pipi cucú” y “sanseacabó”, o el “lavabo” y los “regazos”), que por lo menos habla de una memoria familiar o literaria, todo eso que cuando estaba allá decía con ironía, y que ahora digo con cierto cariño y ya sin saber si se dice o quién lo dice: que algo o alguien es “joya”, “bludo”, “bluda”, “reina” y otras cosas que ahora no se me vienen a la testa.

Lo último o quizás primero en esta carrera al asilvestramiento fue eso, lo absolutamente extranjero: todas las palabras que a fuerza de ser dichas ahora vienen antes en francés que en español, y que a veces vienen huérfanas, en lugar del español, ya sea porque no tienen una traducción fácil o de rápida rememoración (el enjeu, que es el quid de la cuestión, el meollo del asunto, lo que está en juego o el problema), ya sea porque yo avanzo a bastonazos en francés y cada tanto hablo en forma aproximativa (tirar un rétrécissement cuando quiero evocar un achicamiento o disminución).

Mi lengua es, entonces, un jaleo de animalejos de colores extraños, tímidos a veces, otras inopinadamente audaces. La entretengo en un entre nous que conformamos con Martín y los amigos extranjeros de acá, y no me causa pudor mezclar un “andiamo”, un “wait”, o un “ça y est”: tiene algo de juego y de práctica, y en el apuro, de necesidad. Solo cuando voy a Buenos Aires o Montevideo es violento, porque me pesa el temor del esnobismo, pero la lengua vuelve rápido a su curso, y las creaturas se ocultan en el bosque. Es el disciplinamiento de volver a “nuestro lugar”.

En alguno de esos viajes de retorno, a mitad del recorrido de estos diez años, mi tía Betty me dijo con sorpresa al escucharme que había temido que fuera a perder el acento, y remedió un embrollo de fonemas afrancesados. Pensé en mis primos, que crecieron entre España y el sur de Francia, y hablan en un español de cetas y ces, en el que a veces mezclan con pereza un viejo término bonaerense, y en una tía de mi madre que huyó en la dictadura y que tras pasar la vida en Canarias, habla con un indudable acento colombiano. Y aunque aún no la conocía, pienso también ahora en una colega de trabajo argentina, que al cabo de tantos años de enseñar castellano en Francia terminó reemplazando la melodía rioplatense por la tonada española, sin que parezca producirle mucho pesar. Pero no pude evitar reírme y tranquilizarla, porque rodeada como estoy de latinoamericanos o franceses que agudizan el castellano, y con una pareja anclada lingüísticamente al Uruguay, llegar a ese punto de alejamiento resulta meridianamente improbable.

Vaya uno a saber si dentro de diez años podré decir lo mismo; el reverso de esa fidelidad al acento es, para bien o para mal, la machaconería, al hablar francés, del “petit accent”.